martes, 12 de octubre de 2010

Sangre espesa



En el rincón más oscuro de la biblioteca, ella sabe que busca lo imposible. Desde niña sus hermanos se burlaban de su ingenuidad “¿un conejo que sale de un sombrero?, ¡ja!, ese no es más que un truco barato”, pero pese a la veracidad de los hechos, no dejaba de encartarle la magia. A los trece años había descubierto cientos de trucos que parecían imposibles, pero jamás fue capaz de descifrar a lo menos uno de los trucos de Startek, el mago más famoso de la tierra. Y fue entonces cuando comenzó con “Las artes oscuras”, el libro más grueso de la precaria sección de esotérica y ocultismo de la biblioteca de la escuela. Y fue cuando, de entre las páginas del capítulo “Sangre espesa”, el recorte de un pequeño artículo del siglo pasado citaba “Daneshka, heredera de la familia Startek, desaparecida”, su respiración se cortó y sus ojos no daban crédito a lo que veían ¿Cómo podía ser?, la fotografía de la mujer le era muy familiar, como no serlo si lo había visto desde que tenía uso de razón, al final del pasillo, frente al estudio de su padre: Era retrato de su abuela, claro, aparecía un poco más joven, pero era ella indiscutiblemente pues muchas veces la miró preguntándose como podía ser tan nítida una imagen tan antigua. No soportó más, la adrenalina corrió por sus piernas y no se detuvo hasta estar frente al cuadro. Sobre una silla, sus pupilas reflejaban la curiosidad mientras sus manos se deslizaban por el polvoriento y olvidado lienzo. Entonces sintió como, desde el cuadro, era absorbida por unas manos invisibles y todo a su alrededor se desdibujó. Pensó que moriría, que jamás volvería, pero se sintió a salvo cuando todo se volvió nítido y las manos de Startek la recibieron del otro lado. “La función debe continuar”, dijo Startek justo antes de que los aplausos lo callaran y el telón comenzara a levantarse. La cálida luz del reflector la cegó, y cuando al fin pudo abrir sus ojos, se encontró con un escenario distinto al que imaginó, sentada en la biblioteca, el sol golpeaba la ventana y su pálido rostro aún adormilado. Su mejilla reposada pesadamente sobre el capitulo “Sangre espesa” del libro de ocultismo. “Esta vez la tinta tardará en salir” pensó, mientras frotaba tímidamente la mancha negra en su rostro.

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