martes, 12 de octubre de 2010

Desinfectante perfecto



Nadie es perfecto. Se levantó a las siete en punto, la hora ideal para cumplir con su rutina minuciosamente armada. La misma que decía que los huevos fritos debían tener la yema a centímetro y medio del centro a la irregular orilla de la circunferencia. Mientras exprimía dos naranjas, que luego mezclaría con un tercio de agua, la brisa cítrica se mezclaba con el olor de las tostadas. El huevo tibio fue consumido a una velocidad media, por bocados del mismo tamaño que serían masticados el número correcto de veces, ¿diez, veinte?, sólo él lo sabía. Nadie siempre hacía desaparecer la evidencia del premeditado consumo de alimentos. Con sus guantes de goma amarillos, frota platos hasta escuchar ese chirrido que nos indica la ausencia de grasa. Ese sonido era el que más irritaba a Alejandra, después del de  la aspiradora. Desde el desayuno a la cena siempre critico a Nadie. Mientras el agua cae, el recuerdo de Alejandra rayando sus platos con el cuchillo de dientes de serrucho, ese que él escondía y que ella rehusaba abandonar, incrementa la potencia de sus movimientos.
Cada músculo se volvía más tenso cuando, aún con los guantes puestos, descubrió un sándwich de jamón, ¡totalmente verde!, infectando sus vegetales y queso de cabra, viciando el aire. ¿Cuántas veces le dijo que revisara el refrigerador?, ¡miles!. Hace más de una semana que ella compró ese Sándwich. Nadie sabe como a ella le gusta alterarlo, lo conocía hace años. En el balde, lleno de espeso líquido, sumerge su esponja, debe limpiar aquel desastre. Era el desinfectante el más efectivo y fétido del mercado, por lo mismo ideal para su ardua tarea. Parecía que al fin: sus blanquecinos y silenciosos pasillos se mostraban inmaculados, solo ella podía dejar tal desastre. Alejandra no tenía límites, quedó claro después de su ultima discusión: Nadie le explicó cómo lo exasperaba, Nadie le dijo que debía limpiar el refrigerador, mínimo una vez a la semana, Nadie le explicó de los cuchillos. Lástima que ella decidió escupirle. Aún aturdido por el vicioso ambiente, apoyado en su querido sofá, una diminuta y pegajosa mancha roja corre pesadamente hacia el suelo, amenazando su alfombra nueva. Debe actuar rápido. Solo a Alejandra se le ocurre manchar de forma tan creativa toda la casa. Hasta el final supo como desesperar a Nadie.

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