martes, 12 de octubre de 2010

Poder de persuasión


Bajo la tenue luz del salón, podía ver como sus pequeños ojos se posaban en míos, destellantes de curiosidad. Sombríos y húmedos, los Axolotl giran en su pequeña celda de cristal, burdamente ambientada a como imaginamos que sería su hogar. Lo cierto es que nadie pudo responder mis preguntas y las investigaciones nunca fueron concluidas. Desde su desaparición supe que esto sería grande. Él solía decir que los Axolotl no eran de este mundo, que venían de dimensiones jamás pensadas. A mí no me impactaban sus afirmaciones hasta que lo acompañé una noche al acuario y vi como sus fluorescentes cuerpos crecían varios centímetros hasta crear una masa oscura, sin forma. Según mi amigo era cosa de tiempo para que, repitiendo este ritual nocturno, descubrieran como escapar. Ninguno de sus colegas fue capaz de creerle, sobretodo, después de que los exámenes mostraron la escasa respuesta y nula capacidad mental de los Axolotl. Comenzamos a visitar el acuario diariamente. Una noche, solos frente a los fríos estanques, sentí como si la gravedad cambiase y una mano invisible me tomara a voluntad, arrastrándome a ese enorme cristal. Mas por instinto, corrí fuera del salón, dejando a mi hipnotizado amigo atrás. Esperé unas cuantas horas para entrar al salón, aún aturdido, busqué la manilla, pero al otro lado solo me recibió un silencio sepulcral, mi amigo aún no regresaba y los Axolotl estaban inquietos. Pese a lo incómodo del lugar, esperé paciente: las horas pasaron y nunca regresó. Meses de pesadillas constantes y fiebres delirantes, me hicieron correr una noche al acuario. A pesar de las acusaciones de mis pares, no fue difícil persuadir al guardia. Frente a la gruesa pantalla que nos separaba, volvieron los nervios y esos anfibios con ojos de plato negros, que miraban con curiosidad. Desde entonces, conquistar al mundo es mi prioridad. Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los Axolotl. Iba a verlos al acuario de jardín de plantas y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora yo soy un Axolotl.
(Basado en el cuento "Axolotl" de Julio Cortázar,  Desafío: encuentre el fragmento del cuento original usado en esta historia)

Desinfectante perfecto



Nadie es perfecto. Se levantó a las siete en punto, la hora ideal para cumplir con su rutina minuciosamente armada. La misma que decía que los huevos fritos debían tener la yema a centímetro y medio del centro a la irregular orilla de la circunferencia. Mientras exprimía dos naranjas, que luego mezclaría con un tercio de agua, la brisa cítrica se mezclaba con el olor de las tostadas. El huevo tibio fue consumido a una velocidad media, por bocados del mismo tamaño que serían masticados el número correcto de veces, ¿diez, veinte?, sólo él lo sabía. Nadie siempre hacía desaparecer la evidencia del premeditado consumo de alimentos. Con sus guantes de goma amarillos, frota platos hasta escuchar ese chirrido que nos indica la ausencia de grasa. Ese sonido era el que más irritaba a Alejandra, después del de  la aspiradora. Desde el desayuno a la cena siempre critico a Nadie. Mientras el agua cae, el recuerdo de Alejandra rayando sus platos con el cuchillo de dientes de serrucho, ese que él escondía y que ella rehusaba abandonar, incrementa la potencia de sus movimientos.
Cada músculo se volvía más tenso cuando, aún con los guantes puestos, descubrió un sándwich de jamón, ¡totalmente verde!, infectando sus vegetales y queso de cabra, viciando el aire. ¿Cuántas veces le dijo que revisara el refrigerador?, ¡miles!. Hace más de una semana que ella compró ese Sándwich. Nadie sabe como a ella le gusta alterarlo, lo conocía hace años. En el balde, lleno de espeso líquido, sumerge su esponja, debe limpiar aquel desastre. Era el desinfectante el más efectivo y fétido del mercado, por lo mismo ideal para su ardua tarea. Parecía que al fin: sus blanquecinos y silenciosos pasillos se mostraban inmaculados, solo ella podía dejar tal desastre. Alejandra no tenía límites, quedó claro después de su ultima discusión: Nadie le explicó cómo lo exasperaba, Nadie le dijo que debía limpiar el refrigerador, mínimo una vez a la semana, Nadie le explicó de los cuchillos. Lástima que ella decidió escupirle. Aún aturdido por el vicioso ambiente, apoyado en su querido sofá, una diminuta y pegajosa mancha roja corre pesadamente hacia el suelo, amenazando su alfombra nueva. Debe actuar rápido. Solo a Alejandra se le ocurre manchar de forma tan creativa toda la casa. Hasta el final supo como desesperar a Nadie.

Sangre espesa



En el rincón más oscuro de la biblioteca, ella sabe que busca lo imposible. Desde niña sus hermanos se burlaban de su ingenuidad “¿un conejo que sale de un sombrero?, ¡ja!, ese no es más que un truco barato”, pero pese a la veracidad de los hechos, no dejaba de encartarle la magia. A los trece años había descubierto cientos de trucos que parecían imposibles, pero jamás fue capaz de descifrar a lo menos uno de los trucos de Startek, el mago más famoso de la tierra. Y fue entonces cuando comenzó con “Las artes oscuras”, el libro más grueso de la precaria sección de esotérica y ocultismo de la biblioteca de la escuela. Y fue cuando, de entre las páginas del capítulo “Sangre espesa”, el recorte de un pequeño artículo del siglo pasado citaba “Daneshka, heredera de la familia Startek, desaparecida”, su respiración se cortó y sus ojos no daban crédito a lo que veían ¿Cómo podía ser?, la fotografía de la mujer le era muy familiar, como no serlo si lo había visto desde que tenía uso de razón, al final del pasillo, frente al estudio de su padre: Era retrato de su abuela, claro, aparecía un poco más joven, pero era ella indiscutiblemente pues muchas veces la miró preguntándose como podía ser tan nítida una imagen tan antigua. No soportó más, la adrenalina corrió por sus piernas y no se detuvo hasta estar frente al cuadro. Sobre una silla, sus pupilas reflejaban la curiosidad mientras sus manos se deslizaban por el polvoriento y olvidado lienzo. Entonces sintió como, desde el cuadro, era absorbida por unas manos invisibles y todo a su alrededor se desdibujó. Pensó que moriría, que jamás volvería, pero se sintió a salvo cuando todo se volvió nítido y las manos de Startek la recibieron del otro lado. “La función debe continuar”, dijo Startek justo antes de que los aplausos lo callaran y el telón comenzara a levantarse. La cálida luz del reflector la cegó, y cuando al fin pudo abrir sus ojos, se encontró con un escenario distinto al que imaginó, sentada en la biblioteca, el sol golpeaba la ventana y su pálido rostro aún adormilado. Su mejilla reposada pesadamente sobre el capitulo “Sangre espesa” del libro de ocultismo. “Esta vez la tinta tardará en salir” pensó, mientras frotaba tímidamente la mancha negra en su rostro.

A delantal quitado



Ella se sentaba siempre bajo el parrón. Su desteñido delantal no ocultaba el paso del tiempo en su figura, menos las ojeras propias de la edad. Hace un mes que decidió que encontrarse con él; desde que no estaba, la casa se sentía tan silenciosa. Cada rincón gritaba su nombre casi tan fuerte él lo hacía cuando ella ordenaba su escritorio, “¡tú me escondes las cosas!” exclamaba, al mismo tiempo que hacía volar todos los adornos que cuidadosamente ella elegía para decorar sin entorpecer su trabajo. Si, definitivamente no olvidaba sus mañas y discusiones, su negatividad y constante crítica, ¿Qué más podría recordar de un bruto como él?. Aunque tuvieron muchos hijos, ella nunca recibió un gesto de ternura. En aquellos tiempos se diría que su matrimonio fue una oferta de libertad, aunque terminó siendo una tiranía con otro dictador. Todos pensábamos que era una oveja casada con un lobo, ¿Casada o cazada?, ella nunca estuvo segura. ¿Cómo alguien de joven y bondadoso corazón soportaría tales abusos de un viejo maniático y déspota?, pero fue el único hombre que conoció, su compañero de décadas. Y es así como lo recordaba desde que se marchó. Todas las tardes, esperaba a que viniera, “si ya veo que asoma su peladita”, decía con su dulce voz. Una de esas tardes, todas sus vecinas escucharon gritos desde el patio, “¡cállate!” era la palabra que se repetía a viva voz una y otra vez. Cuando las vecinas llegaron, la encontraron sentada con la mirada perdida en el parrón, con el delantal arrugado y el retrato roto de su fallecido esposo esparcido por el patio. Nadie creía que estaba loca, hizo lo que todos queríamos hacer.


lunes, 11 de octubre de 2010

Otros



Por las noches mis ojos ya no son los mismos. Cuando todos duermen, veo como ellos aparecen, soy muy sensible a su presencia. Y así  me paseo sigilosamente por el comedor, ¡me gusta explorar el tacto!, cada olor y forma, todo es registrado. Este don no es muy común y debo estar atento, mientras descansan no sospechan que estoy alerta. Esa es la gran responsabilidad de ser él más capacitado para enfrentárseles. Solo de una cosa estoy seguro, de que no me iré sin antes llevarme a uno de ellos conmigo. Y como siempre, sigo el aroma de la cena de anoche hasta llegar a la cocina, la luz de la luna hace brillar mis fieles dagas, pálidas y frías como mis pies descalzos. El otro día uno de ellos casi me sorprende. Se respiraba el perfume del aromo en flor del patio cuando, por el pasillo que conduce al baño, uno de esos repulsivos apareció, gracias a que ya soy capaz de asimilar la luz de la luna pude reaccionar de forma instantánea buscando el mejor escondite, eso es lo bueno, ¡a esta hora son tan torpes!. Yo pensé que no volverían. Cuando era niño armaba un bulto en mi cama para simular que dormía y me escondía bajo la cama, aferrado a mi espada, expectante. Claro, antes mis rondas eran distintas, y se dirigían directamente a la pieza de mis padres, ahí las luces espantaban todo mal, ellos lo sabían y sin palabras me alzaban en sus brazos dejando caer a mi brillante compañera. Decían que no me preocupara, que esto pasaría y al cabo de unos meses podía dormir de nuevo, todo era seguro desde que las cápsulas los ahuyentaron. Pero ahora ya no las necesito, he decidido enfrentarlos, ahora soy lo bastante fuerte y hábil, será mejor que apure el paso, hoy no dudaré. Y ahí están de nuevo, tranquilos y torpes, masas repulsivas de nervios y tendones expulsando ese caldo de esencia fantasmal, mientras sus vulnerables y confiadas mentes no los previenen, son sus pulsaciones las que me guían al objetivo. La daga penetra justo donde respira el mal y un pequeño quejido alerta a su compañero “¿Que haces?”, pero ya es demasiado tarde, un certero movimiento ya no le permitirá hablar, ni reprocharme mañana. La cálida  luz comienza a inundar la habitación y la oscuridad se acaba, esos malditos no volverán. No entiendo por qué se llevaron a mis padres, esto será difícil de explicar a la policía.





Delicioso



“Ya no me ama” fueron las últimas palabras que la mujer dijo, Delicio estaba seguro de lo que le decía a los policías, de lo que no estaba seguro era porque no podía parar de mirarla.
Delicio nació sordo del oído izquierdo y parcialmente del derecho, defecto el cual transformó en una ventaja. Cuando niño no escuchaba los regaños de su madre, ni las burlas de sus compañeros, pero sabía todos los chismes que rondaban a su alrededor, pues era capaz de leer cada palabra que salía de la boca de sus compañeros y por más rápido que estos intentasen hablar, jamás lo despistaban. Con los años, sus más cercanos aprendieron sus mañas y al comentar temas “sabrosones”, como decía Delicio, se tapaban la boca con bufandas, tos simulada o directamente con la mano. Por esto, cada vez sabía menos chismes, sintiendo como la rutina del trabajo lo aburría. Pero la solución fue más fácil de lo que esperaba: el paradero, el metro, la fila del banco, la micro, el regreso a casa y el almacén eran una gran fuente de de chismes ya que, si ponía atención, podía leer cada palabra de cualquiera que se acercase a cinco metros, convirtiendo sus paseos en una rutina sagrada. Una tarde Delicio recorrió más allá de su barrio buscando buenos chismes. Su paseo se extendió hasta que los árboles se volvieron negros y los faroles se encendieron: “Una tarde muy productiva”, pensó después de escuchar más de veinte historias, pero quería escuchar una más. Fue entonces cuando, del otro lado de la plaza, una mujer llamó su atención: era hermosa, de tez blanca y marcada con rimmel, como si llorase alquitrán, y el pelo muy enmarañado. La mujer de mirada perdida repetía algo que él no lograba leer, así que se acercó disimuladamente para entender mejor. “Ya no me ama”, leyó justo antes que la mujer sacara un brillante revolver de su cartera y se volara los sesos. Toda la gravilla se lleno de charcos y gotitas brillantes que titilaban a la luz de los faroles y carros policiales. Nunca antes Delicio había visto tantos colores, “será el chisme más sabroso de la semana”, pensó.