viernes, 9 de septiembre de 2011

De porcelana


Anastasia no puede cerrar los ojos. Cada vez que la noche comienza a gemir con ese viento del Cerro Kurü, sale de su cuerpo y flota con el aliento de los soñadores hasta donde quiere estar, con quién quiere estar. Cuando amanece, la luz del sol la espanta y la encierra detrás de sus prejuicios, a kilómetros del cuello de sus pasiones, a centímetros de sus muñecas de porcelana, mientras tiembla de impotencia desde el pedestal de su estirpe. Maldita se siente entonces de no quemarse con el sol y no colgar del brazo que lleva el chuzo. Vidas enteras le abren los ojos, solo las lágrimas la dejan descansar.