miércoles, 29 de septiembre de 2010

Perdido






Todo lo que Andrés me dejó fue su camisa a rayas, la chaqueta y unos jeans gastados, todo apilado sobre sus zapatillas de la suerte.

Hoy recibí una llamada en la oficina, “un tal Andrés” dijo Marcia. Bastó un segundo para que mis piernas se transformaran en simples hilachas de lana, ¿Qué buscaba después de cinco años? ¿Al fin piensa dar la cara? ¿Por qué no quiso que le regresase sus llaves?. Claro, el que no me corresponda podría ser una escusa válida para alejarse de mí, pero estamos hablando de Andrés y siendo yo la única que soporta a su gato azul, sus gritos a media noche, su falta de lógica al cocinar y su obsesión con el color amarillo y los días viernes, no me sorprende que no se atreviera a compartir su vida, pero sí que no me llamase más.

- Andrea ¿eres tú? ¡eres tú! - susurró una voz nerviosa.

- Si, yo…- y antes de responder, comenzó su discurso.

-Debes escucharme, ¡tienes que escucharme!, sé que no nos vemos hace años, pero era necesario. Quizás estés molesta pero sé que entenderás ¡siempre lo haces!, eres…eres la única que merece todo ¡la única!, y todo está como debe ser, está… ¡está todo listo!, por favor no me rechaces, ¡por favor!… ¡eres la única!, ah…te espero en el callejón junto a la catedral a las doce, quiero que compartas algo conmigo, ¡te lo mereces!, no me falles… - antes de responder, Andrés ya había colgado.

Todo el día fue un extraño sueño, eso pensé hasta que la oficina quedó desierta y el conserje me pidió amablemente que me retirara. Debo confesar que la ansiedad de su voz me asustó un poco, pero ahí estaba: aferrada a mi pequeña cartera y al recuerdo de su hermoso rostro, abordando un taxi a las once cuarenta del último viernes de Marzo. Si no fuese por ese descuidado transeúnte, hubiese llegado a la hora.


 

martes, 28 de septiembre de 2010

En pie de cueca



Empiezan las guitarras y panderos…

Siento tú mirada en la nuca…

Me ofrece el brazo…

No sé por qué no sales de mi cabeza…

Aplauda, aplauda….

Nunca lo dijiste y yo siempre lo esperé…

Vuelta entera…

Ahora con cara inexpresiva me hablas de tu vida: excusas.

Coqueteo con el pañuelo, no se olvide…

El que habla es el miedo, el de perder a “la incondicional”, la que se aferra las torpes miradas de galán que alimentan lo más cruel que alberga la esperanza humana: amor no correspondido.

Vuelta en ocho…

Siento tu cuerpo cerca, sé que es amistad, pero mi corazón palpita como antes...
Media luna, uno, dos, tres…

Sé que tus abrazos, tus sonrisas, tus apretones de manos disfrazados de compañerismo no son más que pretextos para sentir como me hierve la sangre. Te fascina colorearme  las mejillas con promesas dulces de algodones de azúcar insípido…

Vueeelta …

O te juzgo mal, quizás hay algo que yo no sé, pero culpa mía no ha sido. Más de una vez te lo dije, más de alguna vez te enfrenté como el grano de arena antes de resbalar entre la multitud de la playa que hace correr el tiempo, ese que se agota más rápido al saber que tus palabras caerán sobre mí, aplastando mis sesos. Aun así, la ridiculez no tiene límites y balbuceé lo que otros no son capaces de pronunciar…

Zapateo…zapatee

Desde ahora no quiero más cicuta en la boca, abrazos de sal ni rezos del diablo. Nunca fui buena para aparentar, sé que tú lo notas…

Última vueeelta…

Ahora es tu turno... revolotea así, cerquita de mis ojos para que pueda verte  y cuidadito con la luz de la confianza que puede quebrarte las alas. Ya quiero dañarte con la ceguera de hielo a la que te he condenado, ¿ves que no soy tan perversa?…

No me ponga esa carita y mejor tómeme el brazo, mire este piecito ya ha terminado…

Aplausos.