martes, 12 de octubre de 2010

A delantal quitado



Ella se sentaba siempre bajo el parrón. Su desteñido delantal no ocultaba el paso del tiempo en su figura, menos las ojeras propias de la edad. Hace un mes que decidió que encontrarse con él; desde que no estaba, la casa se sentía tan silenciosa. Cada rincón gritaba su nombre casi tan fuerte él lo hacía cuando ella ordenaba su escritorio, “¡tú me escondes las cosas!” exclamaba, al mismo tiempo que hacía volar todos los adornos que cuidadosamente ella elegía para decorar sin entorpecer su trabajo. Si, definitivamente no olvidaba sus mañas y discusiones, su negatividad y constante crítica, ¿Qué más podría recordar de un bruto como él?. Aunque tuvieron muchos hijos, ella nunca recibió un gesto de ternura. En aquellos tiempos se diría que su matrimonio fue una oferta de libertad, aunque terminó siendo una tiranía con otro dictador. Todos pensábamos que era una oveja casada con un lobo, ¿Casada o cazada?, ella nunca estuvo segura. ¿Cómo alguien de joven y bondadoso corazón soportaría tales abusos de un viejo maniático y déspota?, pero fue el único hombre que conoció, su compañero de décadas. Y es así como lo recordaba desde que se marchó. Todas las tardes, esperaba a que viniera, “si ya veo que asoma su peladita”, decía con su dulce voz. Una de esas tardes, todas sus vecinas escucharon gritos desde el patio, “¡cállate!” era la palabra que se repetía a viva voz una y otra vez. Cuando las vecinas llegaron, la encontraron sentada con la mirada perdida en el parrón, con el delantal arrugado y el retrato roto de su fallecido esposo esparcido por el patio. Nadie creía que estaba loca, hizo lo que todos queríamos hacer.


No hay comentarios:

Publicar un comentario