Todo lo que Andrés me dejó fue su camisa a rayas, la chaqueta y unos jeans gastados, todo apilado sobre sus zapatillas de la suerte.
Hoy recibí una llamada en la oficina, “un tal Andrés” dijo Marcia. Bastó un segundo para que mis piernas se transformaran en simples hilachas de lana, ¿Qué buscaba después de cinco años? ¿Al fin piensa dar la cara? ¿Por qué no quiso que le regresase sus llaves?. Claro, el que no me corresponda podría ser una escusa válida para alejarse de mí, pero estamos hablando de Andrés y siendo yo la única que soporta a su gato azul, sus gritos a media noche, su falta de lógica al cocinar y su obsesión con el color amarillo y los días viernes, no me sorprende que no se atreviera a compartir su vida, pero sí que no me llamase más.
- Andrea ¿eres tú? ¡eres tú! - susurró una voz nerviosa.
- Si, yo…- y antes de responder, comenzó su discurso.
-Debes escucharme, ¡tienes que escucharme!, sé que no nos vemos hace años, pero era necesario. Quizás estés molesta pero sé que entenderás ¡siempre lo haces!, eres…eres la única que merece todo ¡la única!, y todo está como debe ser, está… ¡está todo listo!, por favor no me rechaces, ¡por favor!… ¡eres la única!, ah…te espero en el callejón junto a la catedral a las doce, quiero que compartas algo conmigo, ¡te lo mereces!, no me falles… - antes de responder, Andrés ya había colgado.
Todo el día fue un extraño sueño, eso pensé hasta que la oficina quedó desierta y el conserje me pidió amablemente que me retirara. Debo confesar que la ansiedad de su voz me asustó un poco, pero ahí estaba: aferrada a mi pequeña cartera y al recuerdo de su hermoso rostro, abordando un taxi a las once cuarenta del último viernes de Marzo. Si no fuese por ese descuidado transeúnte, hubiese llegado a la hora.

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